jueves, 8 de octubre de 2015

27 de septiembre - el día que hay que escribir (aunque sea con retraso)


Maximo Gorki propuso en 1935 que todo escritor, aspirante a, aficionado, espontáneo o anónimo narrara alguna vez un día de su vida, en concreto el 27 de septiembre. Ya es la cuarta vez que lo hago...esta vez el 27 de septiembre llega con retraso. Pero llega. Y este fue mi 27 de septiembre de 2015.


Cuando comienza el día, a las 0:00, estoy en casa, con la gata ya dormida sobre mis piernas. Ha terminado un día largo de Jornada de Puertas Abiertas en Pole&Roll, la escuela de danza, fitness y pole dance que acabamos de inaugurar en Vallecas (Madrid), que han fundado Hor, Áurea y el cuñado de Áurea y en la que me llevo dejando el alma, el sudor y la piel los últimos meses. Y el día ha ido bien. Mucha gente probando las clases, buenas perspectivas y una apertura esperanzadora, después de una obra desesperante.



Pues sí. En cuatro años de narración, tres lugares diferentes. Eso hace relativizar por un lado (dónde estaré el año que viene) y querer echar raíces por otro (ojalá me quedara aquí un tiempito). Ojalá me pudiera jubilar dando clases de pole dance. Ojalá.



Pongo la tele de fondo. Miro vídeos de pole. Me relajo, después de muchos muchos días de muchísimo trabajo. El 27 de septiembre de 2015 cae en domingo y es el primero en el que realmente descanso desde hace un mes o así. No pongo el despertador. Duermo mucho, muy a gusto, y me despierto y duermo un rato más, y cuando por fin me levanto no son ni las 11 y hace un sol estupendo. 



Desayuno café con leche de avena y fumo...lo dejé y volví. Fue el intento más serio de los últimos años, pero ya volví hace meses, y fumo. Friego cacharros, hago la cama, cambio la arena de la gata y me voy a dar una vuelta por el barrio, simplemente para que me dé el aire y el sol del último coletazo del verano. Y compro unos cruasanes para Hor y unos donuts de chocolate para mí. Por puro capricho. 


Vuelvo a casa, y como tortilla y pimientos fritos que me trajo mi madre ayer a la escuela. Vinieron mis padres y mi hermano a ver cómo había quedado, y por supuesto me trajo unos tuppers y unas viandas ricas. Así que lo tengo hecho. La gata come conmigo. Literalmente. Le encanta la tortilla.

Por fin, un día así. Un 27 de septiembre así. Me paso la tarde tirada vilmente, viendo pelis de sobremesa que intercalo con tareas suaves como hacer listas de cosas por hacer o contestar guasaps atrasados. Hor viene a la noche, y le preparo un guiso de mijo que he perfeccionado hace poco y que le encanta. Y nos comemos los cruasanes y los donuts, y nos vemos un par de capítulos de Hannibal, antes de caer dormidos y abrazados en el sofá, antes de otra semana dura, intensa, llena de aventuras y de imprevistos, de sonrisas nuevas y otras ya conocidas, de alegrías y de sustos, de dejarnos la piel, como cada día de cada año, en seguir viviendo nuestra jodida obra de arte. 




                                            

...y estamos tan cerquita. que estamos dentro, aquí, ya. 

viernes, 10 de julio de 2015

mírame

estoy aquí,
se supone
que esta es la casa de una amiga
a la que puedo volver después de meses,
despeinada y sin avisar.

y decirme
-¡cuánto tiempo! ¿en qué andas? ¿cómo estás?
y responderme
-no ando mucho... casi todo el rato giro y vuelo,
estoy bien,
pero estaré mejor
pero estoy bien

me miro y sin jodida duda por fin
me parezco a cómo quería ser de mayor
cuando era niña,
ahora,
no en los anteriores diez o veinte años,
ahora sí,
por fin
pasan cosas interesantes:
que paseando por Lisboa
(no un día cualquiera:
cuando salía de hacer un intensivo
con una de mis polestar fetiche,
que además era un regalo
del morenazo que me llevó a Lisboa,)

un fotógrafo me pregunte
si puede hacer una foto de mi pelo
que era exactamente lo que estábamos intentando
el morenazo y yo
cinco minutos antes!
(y no conseguíamos que saliera bien)

y que nos vengamos todos tan arriba
que consiga sacar la foto
que estaba dentro de mi cabeza.

actuar en un encuentro de circo
en un pueblo de Burgos
donde nos trataron como si fuéramos
del circo del sol.
que gente que admiras mucho te felicite,
que una niña venga corriendo a decirte
'lo has hecho muy bien'

abrir la puerta de este blog,
ver la foto de portada,
entender que los colores han cambiado.
cosas que nunca esperabas,
como rechazar visceralmente vestir de negro
cosas que nunca esperabas.
cosas que nunca esperabas.

una nunca puede aferrarse
ni siquiera a una misma
para permitirse cambiar.

necesitaba tanto los colores
que me hice de colores
y fui mucho más feliz.

supongo que escribía tanto
porque lo necesitaba
mucho mucho
ahora no sé hasta dónde era una condición
hasta dónde era una carencia de volar
puede que escribiera tanto porque no podía volar
y era una forma de volar
ahora vuelo
físicamente
y volar te hace ser tan consciente de tu cuerpo
del equilibrio, de la postura, de la fuerza que se necesita,
volar te pone en tensión todos los músculos del cuerpo
y hace falta estar tan concentrada
que se parece mucho a la poesía.

y tal vez por eso tengo menos necesidad
pero no me hace querer menos
a esta amiga que siempre me abre la puerta
cuando llego después de meses,
despeinada y sin avisar.



la foto es de Jonoko



lunes, 2 de marzo de 2015

este lugar ya es de otra

que soy yo, pero ya no más.

Ya no más.

La que empezó este blog en 2010 no es la misma ni tiene los mismos motivos que yo ahora.

Es la primera vez que siento que si fuera un libro, habría terminado de escribirlo. Con la única certeza de haber sido un personaje redondo, o mejor dicho, espiral.

Porque ahora giro.

Encontré el sentido, el secreto de las espirales. El secreto está en el eje, y en cómo proyectes la fuerza. La fuerza puede ser la misma, pero no estar bien dirigida. Y entonces no giras.

Me pasaba algo de eso. No me falta fuerza, pero no está(ba) bien dirigida. Aún estoy en ello. Tengo que soltar lastres.

Por eso escribo esta noche. Me despido de algunas cosas que es necesario soltar para avanzar. Soltar para avanzar. Una nunca puede aferrarse, ni siquiera a una misma.

Recuérdalo: aferrarse no es bueno. Ni siquiera a ti mismo, o no te dejarás evolucionar.
Hace casi cinco años. Recién llegada la primavera, y con una gripe encima como no he agarrado en todo este invierno. Con mi pelo castaño casi recién cortado. Con un racimo de miedos, inestabilidades y ansiedades dentro. Con aquella necesidad de amar y ser un poco amada, en aquel invierno tan largo. Ya no soy la misma. 

Y casi cinco años después, huele a primavera, otra vez, y yo salí de mi hoyo mental, por fin, y ya no soy la de la foto de portada, que yo ahora soy de colores, y no soy tan mala perra, ahora más veces soy una gata que ronronea.

No sé dónde voy, (cuando lo sepa pondré el link!) pero sé que es el momento.
Hay cinco años de mi vida aquí, entre relatos, poemas, fotos y demás indecencias. Lo empecé con veintiséis recién cumplidos y acabo de soplar unas velas que decían 31. Aunque no se vea el lazo, están aquí envueltos y con cariño por si alguien quiere volverlos a la vida de vez en cuando.

Algo haré con ello antes de que la que Edad Oscura Digital nos cruja o, en fin, blogger pete.

Es un hecho: me esperan nuevas y trepidantes aventuras


                               
muchas gracias por compartir mis vueltas en espiral

martes, 20 de enero de 2015

irreconocible

fui a ver a mi perro, casi cinco años después. es lo que tiene haber perdido la relación con el dueño durante tanto tiempo.

el caso es que quedamos, y fui a ver a mi perro y mi perro no me conoció. es inevitable haber visto vídeos de perros cuando sus dueños vuelven de la guerra o de largas ausencias. se supone que los perros recuerdan. se supone que el perro de Ulises le reconoció. y han pasado cinco años, pero habíamos pasado tres años juntos. durmió en mis piernas todo el trayecto Zaragoza-Guadalajara cuando lo adoptamos de cachorro. vivimos en la misma casa casi tres años. y cuando su dueño y yo nos separamos iba a verle, casi durante un año más. ese perro me adoraba, y yo a él. me buscaba cuando quería mimos. me buscaba si le caía alguna bronca. yo era lo más parecido al rol materno.

y no me conoció.

y lo que me pregunto es:

¿no me conoció o no soy la misma?

¿he cambiado tanto? ¿mi perro tiene mala memoria? ¿he fracasado como humana? ¿a qué clase de humano olvidaría su perro?

¿puede ser recuerde a la que yo era y no me reconoce en la de ahora, pero me sigue recordando? o, ¿en qué momento me olvidó? ¿cuándo fue demasiado tarde?

me cuesta pensar que me ha olvidado. prefiero pensar que no me reconoce. son cosas muy diferentes.

y tal vez soy tan distinta de la de entonces, que puede que ella ya no exista.

y a lo mejor el perro lleva razón.