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martes, 11 de diciembre de 2012

Escribir- Marguerite Duras

Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará.

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La duda, la duda es escribir. Por tanto, es el escritor también.

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Si no hubiera escrito me hubiera convertido en una incurable del alcohol. 

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Tenía miedo de mí. No sé cómo no sé por qué. 

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Eso hace salvaje la escritura. Se acerca a un salvajismo anterior a la vida. Y siempre lo reconocemos, es el de los bosques, tan antiguo como el tiempo. El del miedo a todo, distinto e inseparable de la vida misma. Uno se encarniza. No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe. Es algo curioso, sí. No es sólo la escritura, lo escrito, también los gritos de las bestias de la noche, los de todos, los vuestros y los míos, los de los perros. Es la vulgaridad masificada, desesperante, de la sociedad.

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De repente todo cobra un sentido relacionado con la escritura, es para enloquecer. Dejamos de conocer a la gente que conocemos y creemos hacer esperado a quienes no conocemos. Sin duda se trataba simplemente de que ya estaba cansada de vivir, un poco más cansada que los demás. Era un estado de dolor sin sufrimiento. 

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No podía hablar de él porque la menor intrusión en el libro, la menor opinión 'objetiva' habría borrado todo de ese libro. Otra escritura, corregida, habría destruido la escritura del libro y mi propio conocimiento del libro. Esa ilusión que tenemos-y que es justa- de ser la única persona que ha escrito lo que hemos escrito, sea nulo o maravilloso. 

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Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que no se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es. 

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Escribir a pesar de todo pese a la desesperación. No: con la desesperación. 

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Estar sola con el libro aún no escrito es estar aún en el primer sueño de la humanidad. Eso es. También es estar sola en la escritura aún yerma. Es intentar no morir por su causa. Es estar sola en un refugio durante la guerra. Pero sin rezos, sin Dios, sin pensamiento alguno salvo ese deseo loco de matar a la nación alemana hasta el último nazi.

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No estoy segura, no, la escritura de un libro, el escribir. Pues es siempre la puerta abierta hacia el abandono. El suicidio está en la soledad de un escritor. Uno está solo incluso en su propia soledad. Siempre inconcebible. Siempre peligrosa. Sí. Un precio que hay que pagar por haber osado salir y gritar.

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En el libro hay eso: la soledad es la del mundo entero. Está por todas partes. Lo ha invadido todo. Sigo creyendo en esta invasión. Como todo el mundo. La soledad es eso sin lo que nada se hace.

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Es triste cada vez, pero no trágico: el invierno, la vida, la injusticia. El horror absoluto de una mañana determinada. Es sólo eso, triste. No nos acostumbramos con el tiempo.

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Nadie puede.
Hay que decirlo: no se puede.
Y se escribe.
Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada.



(*Tusquets, colección Fábula, 2009) 

jueves, 15 de noviembre de 2012

"Creo que lo que reprocho a los libros, en general, es eso: que no son libres. Se ve a través de la escritura: están fabricados, están organizados, reglamentados, diríase que conformes. Una función de revisión que el escritor desempeña con frecuencia consigo mismo. El escritor, entonces, se convierte, se convierte en su propio policía. Entiendo, por tal, la búsqueda de la forma correcta, es decir, de la forma más habitual, la más clara y la más inofensiva. Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros encantadores, sin poso alguno, sin noche. Sin silencio. Dicho de otro modo: sin auténtico autor. Libros de un día, de entretenimiento, de viaje. Pero no libros que se incrusten en el pensamiento y que hablen del duelo profundo de toda vida, el lugar común de todo pensamiento"

Marguerite Duras, Escribir. Anagrama, 1998.

próxima inversión y próxima lectura. el fragmento lo saqué de aquí. adoro a la Duras.



si pudiera convertirme en humo. escapar del puto caos puto caos puto caos. tengo el alma vomitando hormigas.


jueves, 14 de junio de 2012

Proyecto Fahrenheit 451: las personas libro

Hace poco fallecía Ray Bradbury y me hablaban de esta preciosa iniciativa: Proyecto Fahrenheit 541: Las personas libro.

¿Qué libro serías? Para recitarlo hasta el infinito. Qué textos salvarías.

Yo creo que elegiría ser persona-poemas. Dejaría a los eruditos ser El Quijote y monumentos así. Yo sería una antología de poemas. De Gloria Fuertes, entre otros tantos, como éste que saboreo, sílaba a sílaba, muy a menudo.  Un poema como un mantra. Un poema que me acompaña, que llevo en mí.

Cristales de tu ausencia
acribillan mi voz
que se esparce en la noche
por el glacial desierto de mi alcoba.

Yo quisiera ser ángel y soy loba.

Yo quisiera ser luminosamente tuya
Y soy oscuramente mía.

(y le cambio el final:
yo quisiera ser brillante
mente tuya
y soy caótica
mente mía...)

Sería muchos otros poemas. Sería, sin lugar a dudas, uno de los primeros poemas que me aprendí de memoria: Yo pienso en ti de José Batres Montúfar. Sin duda. Sin duda. Lo he repetido en mis adentros tantas veces que mis latidos bailan a ese ritmo. Sería sonetos de Quevedo y de Miguel Hernández. Y Ajeno, de Claudio Rodríguez. Y The Black Art, de Anne Sexton. Y Mad Girl´s Love Song de Sylvia Plath. Y el Cántico Espiritual de Juan de la Cruz. Entero. Y muchos más. Seré una persona-antología poética andante y no se me ocurre nada mejor que ser.

Aunque si fuera una novela...sería el primer libro que vino corriendo a mi cabeza cuando me enteré del Proyecto Fahrenheit: El amante de Marguerite Duras. Que tiene ese nosequé que me atrapa y se me inyecta en las venas. Escuchad:


Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo: "La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado". 

Pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la que nunca he hablado. Siempre está ahí en el mismo silencio, deslumbrante. Es la que más me gusta de mí misma, aquélla en la que me reconozco, en la que me fascino.

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde.



Por esa frase, muy pronto en mi vida fue demasiado tarde, ya sólo por esa frase, yo querría ser El amante. Al pensar en este libro estaba convencida de que esta era la primera frase, pero no. Está ahí, en el tercer párrafo. Y claro, me lo he vuelto a leer. Así, poco a poco, hasta que me lo aprenda.

Os hago un regalito.