Mostrando entradas con la etiqueta lecciones de estética. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lecciones de estética. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de agosto de 2013

números - el 23

es una superstición.
bueno, tiene una base, pero es sólo eso.
una superstición.
el caso es que dos accidentes en mi vida
las dos veces que he acabado en el hospital
por mi culpa y nada más
fueron en dos días 23.

con cuatro años y cuatro meses de diferencia.

y los días 23 
sobre todo los de agosto
y los de diciembre
recuerdo que tengo que tener cuidado
más que con nada, conmigo misma.

por ejemplo
no montar tres en una bici
no emborracharme hasta el coma
está bien aprender de los errores
para eso son, digo yo,
entonces agradezco
haber aprendido a los diez con una bici
a los catorce con alcohol
porque es mejor que aprenderlo
a los veinte con un coche
o a los treinta con heroína,
por ejemplo.
pienso yo.

siempre está bien cometer errores
que te evitan cometer otros más graves.

pero se me quedó ahí
eso 
la superstición.
los 23 
sobre todo si son de agosto,
pienso en ello
le mando aliento
le mando fuerza
a la niña con la cara destrozada
le susurro al oído mientras está en el hospital
que ella es valiente
que es una guerrera
y le prometo,
porque es verdad,
que todo va a salir bien.


jueves, 2 de diciembre de 2010

lecciones de estética- IV

el viejo me mira de manera insistente y yo que vengo del dentista pienso si se me notará la cara rara, si se me notará que tengo la boca dormida y no puedo gesticular. el vagón del metro está bastante lleno, el viejo está sentado y yo de pie. por suerte hay muchos puntos en los que concentrar la vista pero cuando notas que una mirada no se aparta de ti, al final vuelves a mirar. qué coño pasará, será que me han dejado yo que sé, manchada o algo pero en el reflejo del cristal no me lo veo. al viejo se le nota que tiene carácter, no sé, su rostro lo tiene y sus ojos imponen: con un azul intenso que olvida la edad que tiene, los años que lleva tiñendo esa mirada, las miles y miles de cosas que ha visto; y brilla sorprendido. llego a la parada donde hago transbordo. me preparo para salir y el viejo también. cruza el vagón dejando atrás la puerta que le queda más cerca y se coloca a mi lado cuando voy a salir. me dice con acento, con acento del otro lado del atlántico: -señorita, qué linda es usted. que dios la bendiga. (pero oiga de qué me habla, y si soy fea qué, ¿también me lo diría? y si estuviera rota qué, y si no le pareciera linda entonces qué: entonces que me pique un pollo, entonces no habrá bendición, entonces sólo se me acercarán los gatos y lo prefiero)

miércoles, 24 de noviembre de 2010

lecciones de estética - III

III.verano de 1994

A la mañana siguiente volvemos del médico. Han tardado más de dos horas en curarme y esto va a ser así cada mañana durante muchos días. Puede que quince, tal vez son veinte. Hasta que cicatrizo. Voy de la habitación al coche, del coche al médico, del médico al coche y del coche a la habitación. Permanezco ahí a pesar de que es verano, para que nada pueda infectar ninguna herida y porque los primeros días estoy hinchada y dolorida.

Llevo un sombrero que protege mis heridas del sol y que intenta evitar que la gente me mire. Pero la gente me mira.

Tengo terminantemente prohibido acercarme a nuestras gatas, que viven en el jardín y los alrededores y duermen en el garaje. Tocarlas o algún pelo podría hacer que se me infectase alguna herida. Es lo que más rabia me da. Además una ha tenido gatitos y no puedo ver a los pequeñajos. Un hecho increíble para mis diez años es que han traído la tele a mi habitación para que no me aburra tanto.

Cada día, al escuchar el ruido del coche, las gatas vienen a recibirnos. A recibirme. En el escaso recorrido del coche a la entrada de la casa, se frotan contra mis pantorrillas, me maúllan y ronronean.

-¡No se te ocurra tocarlas!-dice mi madre.

Durante ese verano, por las noches vienen a mi ventana. Todas las noches mis gatas, una o la otra o las dos, trepan al emparrado y caminan como equilibristas nocturnas y felinas sobre las barras y las parras y llegan a la ventana de mi habitación, que está en el segundo piso. Tiene rejas y una tela mosquitera que no puedo quitar. Pongo mis manos en la tela y se acarician contra ellas con todo el peso de su lomo y con sus caritas de gatas. Aplastan los bigotes contra la tela mosquitera y me hace mucha gracia la cara que ponen me reiría si pudiera. Deslizo mis dedos por la tela y juegan a atrapármelos, y después vuelven a buscar mis caricias y ronronean. Sólo ellas creen que nada tan malo me ha pasado. Las únicas que me recuerdan quién soy. Huelo igual. Huelo igual, así que soy la misma. Me huelen y no se asustan: están aquí, juegan conmigo, así que soy la misma.

Y creo que los gatos creen en la belleza interior.

martes, 16 de noviembre de 2010

lecciones de estética - II

II. verano de 1994

un señor no puede reprimir un gritito de horror al cruzarse conmigo saliendo del hospital.

cuando llegamos a casa quitan todos los espejos.

menos uno que no se puede quitar porque forma parte de un mueble y está alto. hablan de taparlo a la mañana siguiente.

me levanto de madrugada, me subo en una silla y me miro.

vuelvo a la cama y no lloro.

sábado, 13 de noviembre de 2010

lecciones de estética

I. primavera de 1999

-¿Dónde está el doctor Soria?- pregunto nada más entrar a la consulta del dermatólogo.
-Se trasladó de hospital. Ahora yo llevo tu caso- y no me gusta esta mujer. ni la enfermera que tiene al lado.
-Bien,-dice mientras lee mi expediente médico- espérennos aquí, enseguida volvemos.

Y se largan.

-Mamá, no me gusta esa mujer. Y el doctor Soria se ha ido. Ya no me hace falta venir aquí, estoy perfectamente. Vámonos, por favor.

-¿Pero qué dices? De eso nada, vamos a esperar a ver qué nos dicen.

-¿Pero dónde han ido? Así, sin dar explicación...no sé qué hacemos aquí. Me quiero ir.

-No te comportes como una niña pequeña, haz el favor.

Vuelven con una bandeja de plastico. Hay cosas dentro.

-Bueno Valeria, ponte en la camilla.

-¿Qué? ¿Para qué?

-pues para el tratamiento que te vamos a hacer- responde con aire un poco impaciente.

-¿Qué tratamiento? Ya me han puesto muchos tratamientos y esto ya no va a mejorar. No pasa nada, lo tengo asumido. Pero ya estoy cansada de probar cosas. De verdad. Si quiere hacerme algo, al menos explíqueme qué me va a hacer. El doctor Soria me explicaba todo.

-A ver Valeria, vamos a darte un poco de nitrógeno líquido y luego

-¿lo de quemar verrugas?

-sí, eso es

-no no no, pero es que usted no se ha leído mi expediente. yo no tengo verrugas. tengo cicatrices. pero ya está, no crecen ni nada como las verrugas. el doctor Soria descartó la opción de quemarme hace mucho tiempo así que no creo que sea buena idea.

-Hija, cállate. Nos estás poniendo en evidencia-mi madre me da con el codo para que me calle

-Mamá, que me quiere quemar. Que el doctor Soria no quería quemarme, ¿no te acuerdas?

-Vamos a ver, niña, el doctor Soria hizo lo que él consideraba oportuno y ahora tu médica soy yo. Ponte en la camilla, no te comportes como una niña pequeña.

-Ha dicho que luego me iba a hacer algo más. ¿Qué más?

-Te voy a poner corticoides. Es una cosa muy buena para las cicatrices, te va a reducir en torno al 25% del volumen, y seguramente se quitará también el tono rojizo.

-¡Corticoides! ¡Sé lo que son! El doctor Soria descartó eso también, dijo que era muy agresivo. Duele. Te disuelven la carne por dentro, por eso te reducen el volumen. No me pienso dar eso. nonononono

-Mira, guapa. Las famosas pagan por ponerse esto y tú ahora eres una cría, ¿cuántos años tienes? quince, y piensas eso. pero si no te lo haces ahora, dentro de cinco años estarás yendo a una clínica privada a que te lo hagan. ¿o es que no quieres ser guapa? ¿no quieres gustarle a los chicos? Pues me parece que con esas cicatrices en la cara no vas a encontrar muchos novios. Vas a ver como me lo agradecerás.

-¿Pero qué dice? ¡Me da igual! ¿Qué me está diciendo? ¿Qué por tener dos cicatrices de mierda nadie me va a querer? ¿Es eso? Pues es que el imbécil que no me quiera sólo porque tengo cicatrices a mí no me interesará que me quiera! ¿Se da cuenta de lo que me está diciendo? Yo le estoy diciendo que yo me acepto así. ¿A usted le molestan mis cicatrices? A mí no. Fin del asunto. Mamá, por favor. Por favor. Vámonos, por favor.

-Hija...la médica sabrá lo que tiene que hacer. No des más guerra, anda. Ya has dicho lo que querías decir. Ponte en la camilla.

-¡Joder! ¿Os digo yo que sois viejas, que os vayáis a hacer un lifting? ¿Os obligo a haceros un lifting? no, ¿verdad? Pues a mí no me importa que me veáis fea, que me estéis llamando fea en mi cara, no me importa ser fea, dejadme en paz. Nadie se asusta al verme y tengo las cicatrices muy bien, yo ni me las veo, no es para tanto. No podéis obligarme a ser más guapa sólo porque no os gusto.

-Vale ya. Se acabó. Si no te vas a poner en la camilla, quédate ahí.

Y la enfermera me sujetó y la médica me quemó las cicatrices mientras yo decía -¡no son verrugas!- y me inyectó corticoides que dolieron como su puta madre, en ese momento y durante días y noches.

Si es que al final a veces, por mucho que no quieras, te lo inyectan a la fuerza.

Ven a hablarme de belleza interior.